dimarts, 20 de març de 2012

Me encanta todo lo relacionado con comida: libros, fotos, pintura, cine...toda escena en la que aparezca comida me atrae profundamente, mi obsesión hace que todo en esta vida tenga que haber alguna escena o momento en que haya comida. El siguiente frangamento del libro que me estoy leyendo es bello y delicioso:

—Tengo un regalo para ti —dijo. Y me trajo un pañuelo de seda verde jade, que envolvía un volumen importante.
—¿Qué hay en ese furoshiki? 
—Ábrelo.
 Desaté el pañuelo tradicional, no sin encontrar encantadora la costumbre de ofrecer los regalos de esa guisa, y solté un grito: el furoshiki estaba relleno de caquis a los que el invierno había conferido aspecto de gemas gigantescas.
 —¿Cómo los has conseguido?
—Mientras dormías, regresé al campo y me subí a los árboles. Le salté al cuello,¿Puedes comerlos, por favor? 
—Nunca entendí por qué le gustaba tanto verme comer, pero procedí con alegría. ¡Y pensar que algunos asesinan pulpos cuando hay caquis maduros que devorar! Su pulpa exaltada por el hielo tenía el sabor de un sorbete de piedras preciosas. La nieve posee un aturdidor poder gastronómico: concentra rápidamente los jugos y afina los sabores. Funciona como una cocción de una milagrosa delicadeza. En el séptimo cielo, saboreé los caquis uno tras otro,con los ojos empañados de placer. No me detuve hasta que se me acabó la munición. El pañuelo estaba vacío. Rinri me miraba fijamente, jadeante. Le pregunté si el espectáculo le había gustado. Levantó el furoshiki inmaculado y me tendió el minúsculo estuche de gasa escondido debajo. Lo abrí con un temor que se justificó inmediatamente: un anillo de platino con una amatista incrustada. —¿Quieres casarte conmigo?...] 

 [...- Se produjo un silencio incómodo que acabé rompiendo: —Acepto tu alianza de noviazgo. Deslizó, en el anular liberado, la amatista prisionera del platino. —¿Sabías que los antiguos atribuían a la amatista la propiedad de curar la ebriedad? 
—Pues me vendría bien —dijo Rinri, que volvía asentirse muy enamorado. Unas horas más tarde, se durmió y yo inicié mi insomnio. Cuando volvía a pensar en la petición de matrimonio de Rinri, tenía la impresión de revivir el momento en el que los tentáculos del pulpo muerto me habían atrapado la lengua. Esa desagradable asociación de ideas no tenía nada que ver con la casi simultaneidad de ambos episodios. Intentaba tranquilizarme repitiéndome que había conseguido librarme de la opresión de las ventosas y aplazar sine díe la amenaza matrimonial. Por otra parte, estaba el asunto de los caquis. Eva, en el edén, no consiguió coger el fruto deseado. El nuevo Adán había aprendido la galantería de ir a buscarle un cargamento y la miró comer con ternura. La nueva Eva, egoísta en su pecado, ni siquiera le ofreció un bocado. Me gustaba mucho ese remake, que se me antojaba más civilizado que el clásico. Sin embargo, el final de la historia se ensombrecía con una petición de matrimonio.¿Por qué era necesario que el placer siempre se pagara?¿Y por qué el precio de la voluptuosidad era, inevitablemente, la pérdida de la levedad original? Después de horas de reflexión sobre aquella sesuda cuestión, acabé por encontrar un poco de sueño. Mi sueño fue previsible: en una iglesia, un sacerdote me casaba con un pulpo gigante. Me pasaba el anillo por el dedo y yo enfilaba un anillo en cada tentáculo. El hombre de Dios decía:—Puede besar a la novia. El pulpo tomaba mi lengua en su orificio bucal y ya no la soltaba. 



PD: Antes de que el chico le regale lo caquis a la chica, en el libro hay una escena en que ambos tienen que comer pulpo fresco (es decir pulpitos matados y servidos al instante...ya os podéis imaginar como se debe mover eso y lo desagradable que es) la chica se mete un trozo de tentáculo en la boca y una de las ventosas se queda atrapada en su lengua...la escena es bastante angustiosa y estresante de ahi que la use después como metáfora cuando Rinri (el novio de la chica) le pide matrimonio.