dimarts, 8 de juliol de 2014

De qué hablo cuando hablo de correr

He vuelto a coger la costumbre de hacer footing. Voy todos los días y corro cerca de una hora. Lo que nunca me ha gustado del ejercicio (aparte de la pereza que me da y de sudar) es el hambre que da pero ahora me pasa justo lo contrario, tengo menos hambre gracias a que me libero de la ansiedad. Cada día repito el mismo ritual, nada más despertarme me visto, me como un yogur, bebo un par de vasos de agua y me voy a correr. Es un desahogo, me vacío de todo: de los miedos, de los sentimientos, de la soledad, es como si corriendo los dejara atrás y estos no me pudieran alcanzar. No quiero sentir nada, ni siquiera quiero tener sentimientos que se supone que son positivos: ni emoción, ni ilusión, nada. Emocionarse o ilusionarse por las cosas o por la gente sólo te lleva desengaños, a sentirte mal. Sólo quiero estar tranquila, si no puedo controlar la cosas que pasan en la vida, por lo menos quiero poder tener el control de mi misma.

Estoy leyendo un libro de Haruki Murakami fantástico que se llama De qué hablo cuando hablo de correr, y habla desde un punto de vista subjetivo lo que ha supuesto para él correr en su desarrollo como persona. Hay un montón de cosas con las que me siento identificada. Tiene fragmentos fantásticos como estos:

"Mientras corro, simplemente corro. Como norma, corro en medio del vacío. Dicho a la inversa, tal vez cabría afirmar que corro para lograr el vacío." 

"Ni que decir tiene que no soy un gran corredor. Mi nivel es extremadamente corriente (por no decir mediocre, un término quizá más adecuado). Pero eso no es en absoluto importante. Lo importante es ir superándose, aunque sólo sea un poco, con respecto al día anterior. Porque si hay un contrincante al que debes vencer en una carrera de larga distancia, ése no es otro que el tú de ayer."

 "A medida que aumentaba la distancia de carrera, mi peso también disminuía. En dos meses y medio bajé siete libras y la grasa que había empezado a acumularse ligeramente alrededor de mi estómago también se esfumó. Siete libras. Eso son unos tres kilos largos. Me gustaría que imaginaran que van a una carnicería, piden tres kilos de carne y luego vuelven a casa caminando con ellos en la mano; tal vez así puedan hacerse una idea de lo que significa cargar con ese peso. Cuando pienso que vivía con semejante peso adherido a mi cuerpo, experimento un sentimiento bastante complejo."